Este año a mitad de temporada mi trabajo dio un giro de 180º. Entre las novedades que implementé en mi trabajo estaba la desconocida (hasta el momento) preboda. Recuerdo aún el día que llamé a Verónica a explicarle que en vez de quedar en el estudio para hablar de los detalles de su boda, quedábamos en una cafetería y que luego iríamos a dar un paseo y hacer unas fotos. No sé bien lo que pensaron en ese momento, pero ese día todo fue surgiendo con naturalidad. Estaban un poco nerviosos, pero enseguida conectamos, yo calenté motores y empezamos a hacer fotos. Descubrí el maravilloso mundo de la preboda y todos sus beneficios, y cuando más lo valoré fue el día de la boda, en la puerta de la iglesia, cuando el padre de Roberto estaba preocupado por el retraso de Verónica y me dice, “no os va a dar tiempo a hacer las fotos”. Me llenó de alegría el sentir que no sólo los novios sabían y valoraban mi trabajo, también la familia. Y es que la preboda, no sólo es buena para los novios y para mí, es buena para la familia. Dando el paseo por Santa Clara, le dije a Vero que pellizcara a Roberto, y aún no sabemos si él sobreactuó o Vero se pasó, pero aquel pellizco dio de que hablar mientras sus respectivas madres hablaban conmigo en la peluquería. La preboda, una antesala perfecta a las fotos de la boda.



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